"Su familia vivía en Silviella, una pequeña población con apenas una docena de casas tradicionales de piedra, adobe y madera, en la ladera del pequeño monte que estaba presidido por la iglesia de Pría. Justo en frente, descansaba una imponente montaña de laderas casi verticales, cuyo punto más alto era el Picu de Mediodía a más de quinientos metros de altura, que en invierno no dejaba llegar el sol a las casas del valle .
Desde la cima se podía ver con claridad toda la costa cantábrica y las imponentes cadenas montañosas de los picos de Europa.
A sus espaldas, la costa oriental dibujaba un paisaje serpenteante con escarpados acantilados de piedra sobre el cantábrico. Desde la casa de las del Campo se podía sentir el inconfundible olor del mar y escuchar los rugidos de los bufones de Pría en los días de tormenta."
Silviella de Pría, el hogar de la hija del rojo
Silviella es el pueblo donde se crió mi abuela materna, Mercedes, protagonista de la historia que cuenta mi novela La hija del rojo. Esta pequeña población del oriente asturiano, pertenece a la parroquía de Pría y está situada en un valle, entre el monte coronado por el Picu mediodía y la costa cantábrica.
Su hogar, era una típica casa de corredor, tan habitual en el oriente de Asturias. Sus gruesos muros de piedra, que podían tener hasta un metro de grosor, estaban coronados por un tejado a dos aguas y salpicados por pequeños ventanucos rematados por contraventanas para protegerse del frío en invierno. En el piso superior, la fachada principal estaba orientada al sur y un corredor de madera con una sencilla balaustrada hacía las veces de balcón y secadero para los alimentos, porque la familia no disponía de hórreo propio.
La planta de abajo de la casa era diáfana, en ella compartían espacio la cocina, la sala de estar y la cuadra, donde dormían las dos vacas. Una empinada escalera oscura de nogal, con escalones que crujían bajo el peso de los pies, llevaba a la planta de arriba que estaba dividida en dos estancias por un imponente muro de madera maciza. Había que subir 4 escalones para llegar a la entrada de la casa que estaba presidida por una puerta holandesa o de establo, cuya parte superior solía dejarse abierta para ventilar o servir de invitación a las vecinas que se acercaban a charlar un momento durante sus quehaceres diarios.
Caminando ladera arriba desde el pueblo, se llega a la iglesia de Pría, desde este promotorio elevado las vistas son increíbles. En un día despejado se puede ver toda la costa y también los picos de Europa.


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