Rompiendo el silencio para sanar el trauma generacional

Todas las familias cargan con trauma generacional, porque el trauma es inherente a la existencia humana. Es imposible vivir en este mundo sin entrar en contacto con experiencias dolorosas. En las familias y en las comunidades, el peso de estas vivencias lacerantes a veces es tan grande que dejan una huella profunda en las personas que las vivieron y también en las generaciones que les suceden. Y cuando esto ocurre, estamos ante trauma generacional.

Ninguna familia ha estado exenta en las últimas tres generaciones de haber vivido sucesos como guerras, enfermedades, accidentes, violencia... Así que no es una tontería revisar nuestra historia familiar en busca de los eventos que marcaron a nuestras antepasadas y que hoy pueden estar afectándonos de manera inconsciente.

Numerosos estudios han estudiado el efecto de conflictos bélicos, hambrunas o trauma racial observando que, en las generaciones posteriores, es más habitual encontrar problemas de salud mental en proporciones mayores a la población general. Se apunta a la epigenética como posible explicación para la heredabilidad del trauma, explicando que este provoca la modificación de la información genética que se transmite a futuras generaciones como un mecanismo evolutivo de protección.

A menudo, la reacción de una familia ante una situación extremadamente dolorosa, es guardar silencio. Muchas veces porque el solo hecho de hablar, recordar, aquello que nos duele es retraumatizante si no se puede hacer en un contexto terapéutico seguro, otras veces con la loable intención de proteger a nuestra descendencia ante horrores de la vida. No se vuelve a hablar del tema, tiramos para adelante e intentamos construir vidas en las que las personas a las que queremos no tengan que pasar por las mismas experiencias dolorosas. Pero aunque los horrores no se cuenten, nunca más se pronuncien, tienen la insidiosa tendencia a afectar a las personas que más queremos.

No se puede escapar del efecto que tiene el dolor en nosotras, el dolor nos marca, nos cambia el carácter, afecta a nuestra manera de ver el mundo, provoca que seamos más miedosas o que suframos de estrés post traumático, cambia la manera en la que nos relacionamos, cómo criamos, cómo estamos en el mundo... Si no contamos con las herramientas para sanar, para entender e integrar lo que nos ha ocurrido, será muy difícil que el trauma se quede con nosotras y no siga fluyendo por el árbol familiar.

Lo ideal es que cada persona pueda atender a sus propias necesidades, tener la ayuda que necesita para poder sanar y salir adelante de la mejor manera, sabiendo que muchas veces tendremos que lidiar con nuestro dolor toda la vida, sencillamente aprenderemos a cómo vivir con ello.

Pero la realidad es que, con frecuencia, no disponemos de la ayuda que necesitaríamos en el momento y no podemos más que sobrevivir y seguir adelante como podemos. A veces, son las generaciones siguientes las que ya tienen un poco de distancia con lo ocurrido, tienen más apoyo a su disposición y pueden volver la vista atrás a la historia familiar, destapar los grandes traumas y romper el silencio de años.

Mi bagaje como psicóloga y persona creativa me ha llevado muchas veces a usar la expresión artística como medio para procesar momentos traumáticos. La escritura ha sido siempre un refugio seguro en el que explorar las emociones y buscar sentido a la vida. Haber tenido la ocasión de escribir una novela (La hija del rojo), basada en la vida de mi abuela materna, y sacar a la luz ese trauma familiar escondido bajo pilas de silencio, ha sido una experiencia tan sanadora como recomendable.

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